Cuando una pareja, o una persona, decide adoptar comienza un embarazo del corazón. Y sí, es un embarazo; cansado y bonito a la vez. Genera emociones de alto voltaje como la ansiedad, la alegría y el amor incondicional. Te da impotencia, se desatan mil preguntas en tu mente. Todo sale de tu control, sabés que lo/la amás, pero no tenés una idea de cuándo vendrá. Y en muchos casos: ¿cómo será tu hijo/a?
Hay mil razones para adoptar, nadie debería peguntar o cuestionarlas. No se vale «chismear». Cuando alguien te cuenta que quiere adoptar es porque desea compartir una hermosa noticia, la más bella de todas: viene un hijo/a en camino. Y si no entendés porqué se escogió la vía de la adopción, la respuesta es simple: solo se necesita un corazón fértil para que nazca esa luz. 
La gente vive aterrada de prejuicios y miedos. Te das cuenta cuando iniciás un proceso así. Hay quienes lo toman con inmensa alegría y hay quienes te llenan de preguntas y «consejos».
Primero se asustan:

¿No pudieron tener hijos?¿De quién es el problema?
¿Su pareja no pudo darle un hijo?¿Ya lo intentaron todo?

Luego se resignan:
¡Van a ver que cuando hagan esta «caridad» Dios les va a mandar un hijo de ustedes! ¡Tiene que ser bebé para que lo hagan a su forma!¡Tiene que ser blanquito para que no sufra!¡Mejor una chiquita para que la vistan bonita!
En serio ¿qué le pasa a la gente? Nadie está pidiendo su opinión y aún así se atreven a soltar su retahíla de imprudencias. A eso nos enfrentamos los papás que adoptamos y nuestra firmeza hace que en el camino algunos vayan entendiendo que las cosas no son como ellos quieren o imaginan que debería ser. Pero no todo tiene un tono amargo y no todo el mundo es malo. Hay mucha desinformación en el ambiente.
Hace algunos años se adoptaba para llenar una necesidad de los padres, porque todas las familias debían tener hijos y no tenerlos era una vergüenza. Y no digo que no hubiera amor de por medio, sino que la sociedad (“la gente”) obligaba a las familias a tomar decisiones poco saludables para los menores. Se cometían errores gravísimos como fingir los embarazos y no contarle a los hijos su historia. Muchos hijos se enteraban que habían llegado por la vía de la adopción por terceros, porque (nuevamente la imprudencia) a alguien se le escapaba revelar el “secreto” de la familia en el momento menos oportuno.
Desde 1990 las leyes de la niñez cambiaron. Y aunque en muchos casos se siguen cometiendo los mismos errores, ahora lo que premia es el bienestar del niño y no las necesidades de los padres y las madres. Desde siempre ha existido un velo para tratar los temas de la niñez. Se romantiza la adopción (y la pobreza) y no se piensa en los niños con discapacidades, en los abusos sexuales, en la exposición a la pornografía, en las enfermedades, en el abandono, en lo valientes que son.

¡No, no es caridad! Hay padres y madres que adoptan porque siempre lo quisieron así. Hay padres y madres que llegan a la adopción porque las circunstancias del cuerpo los hacen llegar a este hermoso camino. Hay padres y madres con hijos biológicos que deciden adoptar. Hay padres y madres que adoptan y después tienen hijos biológicos. Hay padres y madres, solteros y solteras, que toman la decisión de adoptar. TODAS las familias son distintas y perfectas con sus imperfecciones.
Hay muchas formas de adopción:

  • Adoptar a los hijos de tu pareja 
  • Adoptar a un pariente
  • Adoptar de forma directa
  • Adoptar por medio del PANI o el órgano gubernamental que vele por los derechos de los niños en cada país

Como en todo embarazo, no se sabe cuál será su desenlace. La idea es que el niño/a llegue pronto pero hay que tener la conciencia de que cualquier cosa puede pasar. Agradezco la dulzura de las personas que nos han acompañado en este viaje; estamos cada vez más cerca. Tenemos confianza y fe.   
Y por último: no se dice “recogidos”, se dice «hijos».
Cuidemos las palabras.Cuidemos la energía.Abramos la mente y el corazón.

Paola Valverde Alier Escritora

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