Querían ser padres, decidieron cambiar la edad de adopción y conocieron a su hija

Después de los tratamientos y de esperar tres años para que llegara, Paula y Lucas modificaron la búsqueda y a los cuatro meses adoptaron a Mononina de 9 años.

Lucas y Paula se conocieron por internet hace casi diez años. “Ambos veníamos de amores fracasados. Yo soy de Rosario y él es de Buenos Aires”, cuenta la pareja a TN.com.ar.

Al principio, viajaban una vez por mes para verse; después cada quince días; y al final de la relación a distancia, todas las semanas. Al año y medio decidieron mudarse juntos.»Ya éramos grandes, yo tenía 33 y él 32 y teníamos en claro que queríamos ser papás».

Para cumplir el sueño de ser padres, primero intentaron de manera natural, y después hicieron algunos tratamientos de fertilización. “Lucas no tenía la idea de adoptar, pero a finales de 2015 nos anotamos en el Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (RUAGA)», afirma Paula.

«La primera presentación fue en el juzgado de Tigre y nos dieron el alta a los cuatro meses. En ese momento, pensábamos en adoptar uno o dos hermanitos de hasta cuatro años», recuerda la pareja.

La intuición del corazón

Cuando se mudaron a Ingeniero Maschwitz cambiaron de juzgado. Siempre pensando en uno o dos hermanos pero hasta 6 años. “La última vez que fuimos a renovar la carpeta en el juzgado de Zárate- Campana, habíamos pensado en extender el rango de edad hasta 8 años, pero en el momento dijimos hasta diez. En menos de cuatro meses, nos llamaron para contarnos de Mononina. Fue la mejor decisión que tomamos y acá estamos felices”, afirma en diálogo con Somos Familia.

La razón por la que fueron cambiando de edad se relaciona con el desconocimiento sobre la adopción de niños más grandes. Según cuentan a TN.com.ar: “En un principio no participábamos en ninguna organización y con el tiempo empezamos a interiorizarnos, a conocer gente que estuviera en la misma situación que nosotros. Gracias a las redes sociales nos encontramos con “Ser familia por adopción”. Pudimos sacarnos algunas dudas y leer historias de familias que adoptaban a chicos más grandes y decidimos que nosotros también queríamos darnos esa oportunidad”.

Según explican, “eran prejuicios y también una decisión importante, porque un niño más grande viene con una mochila más grande, simplemente por los años vividos en otro lugar, con experiencias de haber estado con otra familia”.

Paula afirma que fue un proceso: «Fue aprender que sí se puede, que pueden ser más grandes o más chicos pero siguen siendo niños, que necesitan todo lo que un hijo necesita».

El cambio de edad también fue un aprendizaje. «Otra de las cosas que analizamos fue nuestra edad y sinceramente no nos parecía mal diez años cuando nosotros teníamos alrededor de 40. Fue todo una búsqueda y estar dispuestos a aprender».

“Al que más cambiar el límite de la edad fue a Lucas. Yo le mandaba artículos que iba leyendo y el día que fuimos a presentar la carpeta teníamos hablado modificar la búsqueda a niños de hasta ocho años. Cuando la secretaria nos preguntó hasta qué edad, él contestó ‘hasta diez’, como si hubiera tenido una intuición«.

El llamado que les cambió la vida

A los pocos meses, Paula estaba en el trabajo y sonó el teléfono. «Era la psicóloga de un juzgado de Junín para contarnos que había una nena de 9 años. Inmediatamente le avisé a Lucas con el que no dudamos en viajar. Fueron tres horas de trayecto con muchas expectativas y nervios”.

También fue una movilización en el trabajo.»Hacía tres años y medio que no nos llamaban.Corté y dije: ‘llegó la hora’ y sin más me fui para organizar todo».

Al llegar, la pareja pensaba que iban a tener una entrevista con dos personas y en el lugar eran ocho. «De diferentes juzgado, una psicóloga, un abogado y una psicopedagoga. Menos la jueza, estuvieron todos», recuerdan.

También estaban las autoridades del hogar donde vivía su hija. «Hablaban de ella con tanto amor. Se les caía la baba y ahí nos empezamos a enamorar. Casi como que sentíamos que no la querían entregar», afirman orgullosos.

Después de pasar un par de horas respondiendo preguntas e conociendo los detalles sobre la vida de «Mononina», como le dicen cariñosamente en su casa, era la hora de emprender el regreso.

«Cuando volvíamos a casa, recuerdo que había llovido y nos vinimos por otro camino, tratando de llegar a tomar una merienda en algún pueblo. En un momento de un instante para el otro, vimos el final o el principio de un arcoiris. No lo filmamos ni sacamos foto pero fue emocionante».

Días después, despejaron algunas dudas y enseguida llamaron y le dijeron a la psicóloga del hogar que no tenían nada que pensar, que querían avanzar. «Y ahora qué hacemos», le preguntaron.

Tuvieron otra entrevista con la psicóloga y después largas charlas por teléfono debido a la distancia entre el juzgado y su hogar. «Finalmente nos tocó el día de conocerla el 19 de marzo de 2019. Preguntamos cuáles eran sus cosas favoritas y compramos lápices de colores y un libro para armar vestidos», cuentan.

«Yo estaba muy nerviosa, no sabíamos cómo era, solo que estaba esperándonos a nosotros. Llegamos al hogar, nos hicieron aguardar en una salita y Mononina apareció detrás de la psicóloga. Estaba divina, se había hecho pulseras especialmente para conocernos. Apareció y me abrazó. Yo obvio, morí de amor», cuenta Paula.

La psicóloga decidió dejarnos solos con ella, pero monitoreando todo desde la oficina contigua, con la puerta abierta. Nos sentamos y estuvimos dos horas y media hablando, conociéndonos. «Cuando Paula va al baño y se queda sola conmigo, mientras me mostraba como se jugaba al Uno en el celular de Pau, miró para todos lados y me preguntó ‘¿Te puedo decir papá a vos?’. Yo le respondí que sí, que me podía llamar como quisiera y seguimos como si nada», cuenta Lucas.

Sin embargo, él recuerda ese momento como un quiebre.»Nos despedimos, le dijimos que la íbamos a llamar y que ella podía también llamarnos cuando quisiera. Una vez arriba del auto, Lucas se largó a llorar de la emoción. No paró durante las tres horas que duró el viaje de regreso. También lloró el hermano de él cuando le contamos lo que le había pregunta la nena en el momento en que habían quedado solos», indica la pareja.

La psicóloga les recomendó que esperaran a que ella quisiera hablar con ellos. «Al día siguiente nos llamó. Queríamos estar los dos juntos para contestar la llamada y eso solo era posible a la mañana, antes de que Lucas fuera a su oficina. Como yo entraba antes, él venía a mi trabajo, y en la puerta, frente a la garita de seguridad de la empresa hablábamos con ella desde el auto».

El proceso de vinculación


Todos los fines de semana iban a Junín. Primero la nena dormía en el hogar, ellos en un hotel y la pasaban a buscar para pasear sábado y domingo.

Un fin de semana, las autoridades del hogar les permitieron que fuera a dormir con ellos. Luego, todo sucedió muy rápido. «En fin de semana de Pascuas nosotros queríamos viajar para estar con ella viernes, sábado y domingo. El plan era alquilar una especie de cabañita para compartir una casa juntos, pero estaba todo reservado».

El recuerdo de ese fin de semana es inolvidable: «Era imposible conseguir donde quedarnos los tres en Junín y entonces, nos llamaron del hogar para decirnos que habían estado pensando que a lo mejor ella podía venir a Ingeniero Maszchwitz a pasar ese fin de semana a casa. Los rosarinos querían venir todos a conocerla, les dijimos que mejor no, pero fue imposible. Se vinieron todos a darle la bienvenida a la familia».

Paula se había reservado una semana de vacaciones para quedarse después de Pascuas en Junín con la nena. En ese momento les dijeron que ya no tenía que volver al hogar y que podían ir a su casa.

«En mi trabajo se portaron muy bien, de un día para el otro me dieron la licencia de 45 días corridos que fueron fundamentales para la adaptación, más que nada porque como todo fue tan rápido, no teníamos escuela ni nada. Pensábamos que iban a tardar tres meses y en un mes se empezó a mover todo el pueblo para que ella pudiera rápidamente comenzar la escuela y el resto de sus actividades».

Cuando llegó, la nena no leía ni escribía con facilidad. «En pocos meses hasta me lee los mensajes del teléfono. Acá estamos, felices». La familia tiene la guarda preadoptiva y solo falta la sentencia para los papeles, porque ellos tres se eligieron desde el primer momento en que se vieron.

Antes de terminar la entrevista, los papás de Mononima quieren transmitir a otras parejas el mensaje de que la familia es amor. «Estábamos esperándola hacía ocho años. Ella llegó para transformar nuestra vida por completo con todo lo que trajo, en todo sentido».

La pareja quiere insistir con la idea de la adopción de chicos más grandes. Si ellos no hubieran cambiado el límite de edad hasta diez, no hubieran conocido a su hija. «Somos inmensamente felices y queremos darle las herramientas para que sea feliz en la vida. Que sane las cosas que tenga que sanar y sienta el amor en todo momento».

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