Ya no me defino por el abandono

Un joven regresa al orfanato vietnamita que había tratado de olvidar durante 25 años.

Por Kacey Vu Shap

El portón del orfanato era más pequeño de lo que recordaba. Habían pasado casi 25 años desde que había vivido ahí. Me preguntaba si regresar era buena idea.

Mis mejores amigos, Phu, Francis y Will habían planeado este viaje a Vietnam y me invitaron. Los conocí quince años atrás cuando estaba en bachillerato. Ellos estaban en la universidad y habían comenzado un grupo de apoyo para jóvenes asiáticos homosexuales.

En ese entonces, me había teñido claritos rubios en el pelo, usaba lentes de contacto azules y remeras de Abercrombie & Fitch con jeans holgados y desgarrados. Phu y Francis pensaban que me esforzaba demasiado en proyectar cierta imagen, pero me dejaron juntarme con ellos. Se convirtieron en hermanos sobreprotectores, y me regañaban por todo.

Mis amigos sabían que había vivido en un orfanato cerca de la ciudad de Ho Chi Minh y sugirieron que fuéramos de visita como parte de nuestro viaje. Por si fuera poco, querían hacer una campaña de Kickstarter para recaudar dinero para los huérfanos que ahora vivían ahí.

Pensé que eso era una locura. Faltaba una semana para irnos. Y no tenía ganas de volver a un lugar que había tratado de olvidar durante casi toda mi vida.

“Esta es una oportunidad que se vive una vez en la vida”, dijo Francis. “No estarás solo. Te acompañaremos”.

Lograron convencerme y, en cuestión de días, habíamos recaudado más de US$ 5.000 para comprar ropa, juguetes y otros productos básicos.

La semana siguiente, tras descargar los donativos de una camioneta alquilada, entramos al orfanato y nos recibieron pequeños rostros y manos huesudas extendidas. Qué extraño es pensar que alguna vez fui una de esas caras aterradas y emocionadas que querían la atención de un extraño como yo.

En ese entonces, el enorme edificio estaba en ruinas, con la pintura blanca cubierta de mugre y los muros maltratados. Ya lo habían arreglado y ampliado, pero una cosa seguía presente: el peculiar olor a talco de bebé, sudor, orina, putrefacción, desesperanza y desolación.

Aunque tenía 5 años cuando llegué, era demasiado chico para estar con los niños mayores, pero demasiado grande para estar con los bebés, así que me pusieron con los que tenían deformidades, extremidades faltantes o enfermedades mentales. Los recuerdos regresaron de pronto mientras mis amigos y yo entrábamos. Los ojos comenzaron a llenárseme de lágrimas, el corazón me latía fuerte y empecé a sentir ansiedad. No tardé en salir corriendo hacia la entrada mientras mis amigos me llamaban.

De niño, cuando le contaba a la gente que era adoptado, solía decir que había llegado prefabricado, que simplemente aparecí una noche de verano en el aeropuerto de Baltimore (Estados Unidos), donde me recibieron mi mamá, mi papá y mi hermana, con dulces, flores y besos. Era más fácil embellecer mi historia y hablar únicamente de mi vida como Kacey, quien era amado y deseado, que narrar mi vida como Vu, a quien habían abandonado y no habían querido.

Jamás conocí a mi madre biológica, que murió cuando yo tenía 2 años en la sala de parto junto con mi hermano. Conocí poco a mi padre biológico, un trabajador migrante que jamás estuvo cerca. Cuando tenía 5 años, mi hermana mayor se ahogó en un río cerca de la casa de mi abuela. Vi a tres metros de distancia cómo pataleaba y desaparecía en el agua turbia.

Le había rogado que fuéramos al río a jugar con los otros niños, a pesar de que mi abuela nos había prohibido ir cuando ella no estaba. Deseé haber sido yo quien se ahogó ese día.

Después éramos solo mi abuela y yo quienes vivíamos juntos en una empobrecida aldea agrícola en el sur de Vietnam. Si mi abuela hubiera sido un gato, yo habría sido su cola, porque, adonde iba, yo la seguía. Me encantaba estar cerca de ella en la cocina. Las especias exóticas mezcladas con carne sazonada y hierbas frescas nos cobijaban en su delicioso abrazo mientras yo atosigaba a mi abuela con preguntas acerca de nuestro tema favorito: mi madre.
“Abuela, vos tenés mis ojos, mi nariz y mis mejillas”, le decía. “¿Creés que mi madre también se veía como yo?”.

“Claro que sí, tontito. ¿Quién creés que le dio a tu madre esos rasgos tan hermosos?”. Me mostraba su sonrisa desdentada. Después dejaba de picar verduras y decía: “¿Te cuento algo muy secreto? Tu madre era la favorita de mis hijos. Siempre trataba de hacer reír a todos. Quiero que seas bueno, como tu madre. ¿Sí?”.

“Está bien”, le respondía.

Después de la muerte de mi hermana, me enteré de que mi padre también había muerto, y no pasó mucho tiempo antes de que mi abuela me pidiera que empacara mis cosas para ir de viaje. Estaba extasiado, pues jamás había salido de viaje.
Llegamos a un enorme edificio blanco lleno de niños. Después de dar un recorrido por el lugar, parecía que mi abuela no quería irse. Al final, se agachó y me dijo: “Me voy a casa, pero vos te vas a quedar acá”.

Me quedé ahí paralizado.

Mi abuela cubrió mis mejillas con sus manos curtidas y levantó mi rostro hacia el suyo. Su mirada, que siempre era intensa, estaba llena de tristeza. Se quitó un pañuelo con estampado floral del cuello y me lo puso. Era su favorito, empapado de su perfume de siempre. Después se levantó y se alejó sin mirar atrás.
Traté de seguirla, pero unas manos fuertes me tomaron. Le grité a mi abuela y le rogué que me llevara a casa. Tras su partida, esperé durante días en el portón de la entrada, esperando su regreso.

Algunos meses después, una pareja judía del norte de Virginia (Estados Unidos) estaba en las últimas etapas de una adopción que no se concretó. Devastados, a punto de darse por vencidos, recibieron mi foto, que les había enviado la agencia de adopción, y decidieron que querían que fuera su hijo, un proceso difícil que tomó dos años. Yo no sabía nada de mi adopción hasta el día en que me llevaron al aeropuerto. Después me enteré de que, entre los cientos de niños del orfanato, solo un puñado llegaba a Estados Unidos. La mayoría eran bebés. Yo tenía 7 años.

Ha pasado un cuarto de siglo desde que mi abuela me abandonó ese día. Aún llevo el pañuelo conmigo adonde voy, pero ya no tiene su perfume. Hay muchas cosas que he querido compartirle acerca de mi vida en Estados Unidos: mis padres amorosos, mis amigos, mi perro, el apartamento de Los Ángeles y el título de doctor en Psicología Social que acabo de obtener. También hay muchas preguntas que he querido hacerle.

Cuando le decía a la gente que era adoptado, no les contaba sobre el día en que me abandonaron, por miedo a que mis amigos y mi familia descubrieran que no valía nada y que por eso me lo había merecido.

Ahora, mis amigos lo habían visto. Lo sabían. Cuando salieron y me encontraron cerca del portón, me preguntaron por qué me había ido de pronto.

“Sabía que, en cuanto vieran mi orfanato, me verían como alguien inferior y ya no querrían ser mis amigos”, les dije con demasiada prisa.

“¿Es en serio?”, dijo Phu. “Viajamos al otro lado del mundo, llenos de picaduras de mosquitos, empapados de sudor, ¿y a vos te preocupa que creamos que sos inferior? Nos sometiste a cosas peores. Están el Kacey que siempre llega tarde, el Kacey testarudo y el Kacey que quiere estar con hombres que no están disponibles emocionalmente. Si todo eso no nos alejó, nada lo hará”.

Mis amigos me rodearon y me envolvieron en sus brazos.

“Sos nuestra familia”, dijo Francis. “Te amamos. Además, tu amistad es como el herpes. Es muy contagiosa, fácilmente tratable, pero imposible de eliminar. Y ya llevamos así quince años”.

Después, Will dijo: “Y quizá tu abuela sí te amaba. Tal vez dejarte ahí fue su último acto de amor para que tuvieras la oportunidad de tener una mejor vida”.
Es algo que me he preguntado durante mucho tiempo. ¿Me dejó porque era una carga o para que no sufriera una vida brutal de pobreza?

Después mis amigos me dijeron que, mientras yo estaba afuera, pudieron encontrar la última dirección registrada de mi abuela en los expedientes del orfanato. Era probable que todavía viviera ahí, tan solo a media hora de distancia.

Si mi abuela aún vivía ahí, podría tener mi respuesta. Lo pensé, y también pensé en el amor y el apoyo de mis amigos, mi familia y otras personas que habían vuelto esto posible.

“No”, les dije. “No necesito saber su dirección. Podemos irnos ahora”. Por primera vez, pude elegir no ser definido por el abandono.

Luego de eso, nos fuimos del orfanato y fuimos a explorar la ciudad de Ho Chi Minh, donde el olor dulce del cerdo asado se mezclaba con la risa de los niños que se correteaban, como si las calles fueran un patio gigantesco de juegos.

Kacey Vu Shap es investigador, escritor y emprendedor social en Los Ángeles.

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